La muerte según Sócrates y Jesús

Preguntemos a un cristiano, protestante o católico, intelectual o no, la siguiente cuestión:
¿qué enseña el Nuevo Testamento sobre el futuro individual del hombre después de la muerte? Salvo rarísimas excepciones, obtendremos siempre la misma respuesta: la inmortalidad del alma. Sin embargo, esta opinión, por muy extendida que esté, significa uno de los más peligrosos malentendidos del cristianismo. Sería inútil querer silenciar este hecho e intentar tergiversarlo por medio de unas interpretaciones arbitrarias que hagan violencia incluso al mismo texto; se debería, más bien, hablar con claridad. La concepción de la muerte y la resurrección, tal como va a ser expuesta en estas páginas, está enraizada en la historia de la salvación. Completamente determinada por ésta, es incompatible con la creencia griega en la inmortalidad del alma. Dicha concepción tal vez sea chocante para el pensamiento moderno y, sin embargo, se nos presenta como uno de los elementos constitutivos de la predicación de los primeros cristianos; por tanto, esto no se podría silenciar o cambiar por una interpretación modernizante sin que el Nuevo Testamento fuera privado de su sustancia.
Preguntémonos ahora: ¿sería compatible la fe de los primeros cristianos en la resurrección con la concepción de la inmortalidad del alma? ¿No enseña el Nuevo Testamento, sobre todo el Evangelio de Juan, que ya poseemos la vida eterna? Y, ¿no es la muerte, ciertamente, en el Nuevo Testamento el <<último enemigo>>? ¿Está concebida de una manera diametralmente opuesta al pensamiento griego que ve en ella un amigo? No escribe san Pablo:
¿Dónde está, muerte, tu aguijón?
Este malentendido, de que el Nuevo Testamento enseña la inmortalidad del alma, se ve favorecido por el hecho de que los primeros discípulos poseen la convicción tras la pascua, de que con la resurrección corporal de Cristo, la muerte ha perdido todo su terror; desde ese momento, el Espíritu Santo hace nacer ya a la vida de la resurrección a aquel que cree.
Pero, con esta afirmación conforme al Nuevo Testamento, es preciso subrayar las palabras <>, y esto demuestra todo el abismo que separa la concepción primigenia de los cristianos de la concepción griega. Todo el pensamiento de la Iglesia primitiva está orientado hacia la historia de la salvación. Todo lo que se afirma sobre la muerte y la vida eterna depende enteramente de la fe en un hecho real, en los acontecimientos reales que se han desarrollado en el tiempo; aquí reside la diferencia radical con el pensamiento griego. Como hemos querido demostrar en nuestro libro Cristo y el tiempo, esta concepción pertenece a la sustancia misma de la fe de los primeros cristianos, a una esencia que no se puede silenciar ni cambiar por una interpretación modernizante.
En el Nuevo Testamento la muerte y la vida eterna están ligadas a la historia de Cristo. Está claro que para los primeros cristianos el alma no es inmortal en sí, sino que ha llegado a serlo únicamente por la resurrección de Jesucristo, primogénito de entre los muertos, y por la fe en él. Está claro también que la muerte en sí no es <>; solamente por la victoria que Jesús obtuvo sobre ella, con su muerte y resurrección corporal, su aguijón ha sido detenido, su poder vencido. Y por fin, es obvio que la resurrección del alma que ha tenido ya lugar no ha experimentado el estado de cumplimiento: es preciso esperar al tiempo en que nuestro cuerpo resucite y esto tendrá lugar al final de los tiempos.
Es falso observar ya en el evangelio de Juan una tendencia hacia la doctrina griega de la inmortalidad del alma porque él también liga la vida eterna a la historia de Cristo. Es cierto que los acentos intrínsecos de esta historia de Cristo están diversamente repartidos por los libros neotestamentarios. De todas formas, el fundamento doctrinal es común: la historia de la salvación. No hay duda que debemos reconocer una influencia griega desde los comienzos del cristianismo naciente; pero tampoco hay duda que durante mucho tiempo las nociones griegas están sometidas a esta visión de conjunto de la historia de la salvación; no puede, por tanto, ser una cuestión de verdadera helenización, que comenzará más tarde.
La concepción bíblica de la muerte está fundada sobre una historia de salvación, y debe diferir, por consiguiente, de una manera total de la concepción griega; nada lo demuestra mejor que confrontar la muerte de Sócrates con la de Jesús, confrontación que, desde la antigüedad - con distinta intención - ha sido comprendida por los adversarios del cristianismo.

El último enemigo: la muerte. Sócrates y Jesús

En la impresionante descripción de la muerte de Sócrates que Platón da en su Fedón, podemos leer lo más sublime que ha sido descrito sobre la inmortalidad del alma. La reserva, la prudencia científica, el reconocimiento deliberado a toda demostración matemática dan a su argumentación un valor que jamás ha sido superado. Conocemos las razones que el filósofo griego alega en favor de la inmortalidad del alma. Nuestro cuerpo es un vestido exterior que, mientras que vivimos, impide al alma moverse libremente y vivir conforme a su propia naturaleza eterna. Le impone una ley que no es válida para ella: el alma está encerrada en el cuerpo como en una camisa de fuerza, en una prisión. La muerte es la gran liberadora.
Ella rompe las cadenas haciendo salir al alma de la prisión del cuerpo y la introduce en la patria eterna. Cuerpo y alma son radicalmente opuestos entre sí y pertenecen a dos mundos distintos; la destrucción del cuerpo no podrá coincidir con la destrucción del alma, de la misma manera que una obra de arte no será destruida aunque lo sea el instrumento ejecutor de ella. Aunque las pruebas alegadas a favor de la inmortalidad del alma no tengan, para el mismo Sócrates, valor de prueba matemática, se obtiene de ellas el más alto grado de probabilidad; hacen la inmortalidad tan probable que constituye para el hombre, empleando el término que advertimos en el Fedón, un bello riesgo.
Esta doctrina no la ha enseñado solamente el gran Sócrates, cuando el día de su muerte examinaba con sus discípulos los argumentos filósofos en favor de la inmortalidad del alma. A los pocos instantes él ponía en práctica la enseñanza impartida. Demostraba con su propio ejemplo cómo, ocupándonos de las verdades eternas de la filosofía, trabajamos en esta vida por la liberación de nuestra alma. Porque la filosofía nos permite siempre penetrar en ese mundo eterno de las ideas al cual pertenece el alma, y librarla así de la prisión del cuerpo. La muerte no hará más que terminar esta liberación. También Platón nos muestra cómo Sócrates, con absoluta serenidad, va al encuentro de la muerte, de una bella muerte. El horror está completamente ausente. Sócrates no sabría renunciar a la muerte puesto que ella nos libra del cuerpo. Todo aquel que tema a la muerte prueba, según él, que ama su cuerpo y que es esclavo de este mundo. La muerte es la gran amiga del alma. Este genio griego, que personifica lo que en él hay de más noble, muere en una perfecta armonía entre su doctrina y su vivencia.
Veamos ahora de qué forma muere Jesús. En Getsemaní, sabe que la muerte le espera - también Sócrates lo sabe el día de la discusión con sus discípulos -. Los Evangelios Sinópticos concuerdan entre ellos, grosso modo, en el relato de Getsemaní. Jesús comienza a sentir temblor y angustia, escribe Marcos (14,34). Mi alma está triste hasta la muerte, dice a los discípulos. Jesús es tan completamente hombre que participa del miedo natural que nos inspira la muerte: debe, como Hijo del hombre y servidor de Dios, probarlo más terriblemente que los demás hombres. Tiene miedo no como un cobarde lo puede tener a los hombres que lo matan ni a los dolores que preceden la muerte, sino que teme a la misma muerte por ser el gran poder del mal. La muerte, para él, no es algo divino; es algo horrible. No quiere estar solo en tal momento. Sabe que su Padre le ha sostenido siempre. Apela a él en el momento decisivo como lo ha hecho a lo largo de su vida. Apela a él con la angustia humana que le inspira la muerte, la gran enemiga. Es inútil querer eliminar del relato evangélico, por cualquier clase de explicaciones artificiales, este miedo de Jesús. Los enemigos del cristianismo que ya antiguamente ponían de relieve el contraste entre la muerte de Sócrates y la de Jesús, han atinado aquí más certeramente que muchos comentadores cristianos. Jesús tiembla realmente ante el gran enemigo de Dios. No hay nada de la serenidad de Sócrates que sale al encuentro de la muerte. Jesús implora de Dios que le evite tener que pasar por la muerte. Sabe de antemano que la tarea que le ha sido conferida es sufrir la muerte y había dicho antes ya: <> (Lucas 12:50). Pero ahora que la muerte está delante, ruega al Padre, conociendo su omnipotencia: todo te es posible; aleja de mí este cáliz (Marcos 14:36). Y cuando añade: <>, parece significar que un último análisis considera la muerte, a semejanza de Sócrates, como amiga liberadora. Pero quiere decir simplemente: si esta cosa horrible, la muerte, debe llegarme, según tu voluntad, me someto a tal cosa horrible.
Jesús sabe que la muerte en sí misma, como enemiga de Dios, significa extremo aislamiento, soledad radical. Por esto ruega a Dios. En presencia de la gran enemiga, no quiere estar solo. Pues en cierto modo pertenece a la esencia misma de la muerte el separarle de Dios. Mientras está en poder de la muerte no está en manos de Dios. Jesús quería estar unido con Dios tan estrechamente como lo ha estado durante su vida terrenal. Sin embargo, en este momento no busca simplemente la compañía de Dios sino también la de sus discípulos. Por eso, interrumpe su plegaria y reúne a los discípulos más íntimos que tratan de luchar contra el sueño con el fin de vigilar cuando vengan aprender al maestro. No lo consiguen y Jesús debe despertarles de nuevo.
¿Por qué quiere que velen? No desea estar solo. No quiere estar abandonado, cuando la muerte se abalance sobre él, ni siquiera de los discípulos aunque conoce su debilidad humana. Quiere estar rodeado de vida, de la vida que vibra en los discípulos: ¿No podéis velar una hora conmigo?
¿Se puede imaginar contraste más grande que el que existe entre la muerte de Sócrates y la de Jesús? Sócrates, rodeado por sus discípulos el día de su muerte, como Jesús, discute con ellos sobre la inmortalidad con una serenidad sublime; Jesús, que tiembla ya horas antes de la muerte, ruega a los discípulos que no le dejen solo. La carta a los hebreos que, más que cualquier otro libro del Nuevo Testamento, señala la plena divinidad (1,10), aunque también la plena humanidad de Jesús, describe la angustia de Jesús ante la muerte con rasgos todavía más fuertes que los tres relatos sinópticos. Nos dice que Jesús <> (5,7).
Luego, según la carta, Jesús ha clamado y llorado ante la muerte. Tenemos por un lado a Sócrates que, con calma y serenidad, habla de la inmortalidad del alma; por otro, Jesús, que clama y llora.
Veamos la escena de la misma muerte. Con calma soberana, Sócrates bebe la cicuta; Jesús, por el contrario, grita con las palabras del salmo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado", y muere profiriendo otro grito inarticulado (Mc 15,37). No se trata de ningún modo de la muerte amiga del hombre, sino de la muerte en todo su horror. Es verdaderamente el último enemigo de Dios. Así es como designa Pablo a la muerte: el último enemigo (1 Cor. 15:26). Aquí, aparece el abismo entre el pensamiento griego y la fe judía y cristiana. Usando otras expresiones, el autor del Apocalipsis considera igualmente la muerte como el último enemigo, cuando describe cómo, al fin, es lanzada al estanque de fuego (20,14).
Siendo el enemigo de Dios, nos separa del que es vida y creador de toda la vida. Jesús, que está completamente unido a Dios, más unido que ningún otro hombre lo haya estado jamás, debe sufrir la muerte de una manera más horrorosa que nadie. Jesús debe probar este aislamiento, esta separación - lo único digno de ser temido realmente - de una manera infinitamente más intensa que otros, por estar tan unido con Dios. Por eso grita a Dios con el salmista: "¿por qué me has abandonado?" En ese momento está realmente entre las manos de la gran enemiga de Dios: la muerte. Es preciso estar agradecidos al evangelista por no haber atenuado en nada la descripción. Hemos confrontado la muerte de Sócrates con la de Jesús.
Porque nada nos muestra mejor la diferencia radical entre la doctrina griega de la inmortalidad y la fe cristiana en la resurrección. Ya que Jesús ha pasado por la muerte en todo su horror, no solamente en su cuerpo sino también en su alma (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?), puede y debe ser para el cristiano que ve en él al redentor, aquel que triunfa de la misma muerte con su propia muerte. Allí donde la muerte sea concebida como el enemigo de Dios, no puede haber "inmortalidad" sin una obra única de Cristo, sin una historia de la salvación donde la victoria sobre la muerte es el centro y el fin. Jesús no puede conseguir esta victoria si continúa vivo en su alma inmortal y en el fondo, sin morir.
No puede vencer la muerte más que muriendo realmente, entregándose a su dominio, dominio de la nada, de la separación de Dios. Cuando se quiere vencer a alguien se está obligado a someterse a su dominio. Quienquiera que desee vencer la misma muerte debe morir; matizando más, debe dejar de vivir, debe perder el bien más precioso que Dios le otorgó: la vida misma. Por esto Marcos, aunque presenta a Jesús como el Hijo de Dios, no atenúa en nada el aspecto horrible y enteramente humano de su muerte.
Si la vida debe manar de esta muerte, es necesario un nuevo acto creador de Dios que atraiga a la vida no solamente una parte del hombre sino el hombre entero, todo lo que Dios ha creado, todo lo que la muerte ha destruido. Para Sócrates y Platón no hay necesidad de un acto creador, ya que, el cuerpo es malo y no debe continuar viviendo. La parte que realmente debe seguir viviendo, el alma, no muere jamás. Si queremos comprender la fe cristiana en la resurrección debemos prescindir completamente de la idea griega según la cual, la materia, el cuerpo, son malos y deberían ser destruidos, de manera que la muerte del cuerpo no significaría la destrucción de la vida verdadera. Para el pensamiento cristiano y judío, la muerte del cuerpo, significa también la destrucción de la vida creada por Dios. Por esta razón, es la muerte y no el cuerpo quien debe ser vencida por la resurrección.
Solamente teniendo como los primeros cristianos horror a la muerte, tomándola en toda su seriedad, es como podemos comprender la alegría de la comunidad primitiva el día de pascua. Entonces, es posible comprender que toda la vida y todo el pensamiento del Nuevo Testamento estén dominados por la fe de la resurrección. La fe en la inmortalidad del alma no es una fe en un acontecimiento que revolucione todo. La inmortalidad, en realidad, no es más que una afirmación negativa: el alma no muere (continúa viviendo). La resurrección es una afirmación positiva: el hombre entero, que está realmente muerto, es llamado a la vida por un nuevo creador de Dios. Acontece algo inaudito: un milagro creador. Antes también había sucedido algo extraño: una vida creada por Dios había sido destruida.
La muerte para la Biblia, no es algo bello, sobre todo la muerte de Jesús. La muerte es tal como se la representa: un esqueleto; ella extiende por la tierra un hálito de descomposición. La muerte de Jesús es tan tenebrosa como lo pintó Grünewald; pero precisamente por esta razón, este pintor representó al lado de una manera incomparable y única, la gran victoria, la resurrección de Cristo, revestido de un cuerpo nuevo, del cuerpo de resurrección. Quien pintase una muerte dulce, no sabría pintar la resurrección. Quien no haya probado el horror de la muerte, no puede cantar con Pablo el himno de la victoria:<> (1 Cor. 15,54 s.).

8 TEMA IX. Resurrección e inmortalidad (M. Fraijó, Dios, el mal, y otros ensayos, Trotta, Madrid, 2004, capítulo II).


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Sobre el autor

Agustín Burgos Baena

Máster de finanzas en dirección financiera, con especialización en análisis bursátil y banca y gestión de activos financieros. Doctorando en Administración sobre la gestión y la creación de valor en las empresas.