La muerte: Cuerpo y alma

El salario del pecado: la muerte. Cuerpo y alma. Carne y espíritu

El contraste entre la inmortalidad griega del alma y la fe cristiana se vislumbra todavía más profundo cuando consideramos que la fe en la resurrección presupone el nexo que el judaísmo establece entre la muerte y el pecado. Por esto, la necesidad de un drama salvador se muestra más clara. La muerte no es simplemente algo natural, querido por Dios, como para el pensamiento griego, sino que es algo anormal y contrario a la naturaleza, opuesto a la intención divina. El relato del Génesis nos enseña que no ha entrado en el mundo sino por el pecado humano. La muerte es una maldición y la creación entera está constreñida por esta maldición. El pecado del hombre ha hecho necesarios toda esta serie de acontecimientos relatados por la Biblia y que nosotros llamamos historia de la salvación. La muerte sólo será vencida por la expiación del pecado, ya que ella es "salario del pecado". No es solamente el relato genesiaco el que alude a esto; tal es también la concepción de Pablo (Rom. 6:23) y de todo el cristianismo primitivo. Por lo mismo que el pecado es contrario a Dios, su consecuencia, la muerte es opuesta a Dios. Es cierto que Dios se puede servir de la muerte (1 Cor. 15:36; Juan 12:24), como se puede servir de Satanás.
Pero no por esto la muerte es menos enemiga de Dios, ya que Dios es vida, creador de vida. No es voluntad de Dios que haya decrepitud y corrupción, muerte y enfermedad; la enfermedad no es más que un caso particular de la muerte que actúa mientras vivimos.
Todo lo que es contrario a la vida, muerte y enfermedad, según la concepción judía y cristiana, no proviene más que del pecado humano. He aquí por qué toda herida de enfermedad que Jesús cura no es solamente contención de la muerte, sino irrupción de la vida en el dominio del pecado; por eso Jesús dice a los curados: tus pecados te son perdonados. No es que a cada pecado individual corresponda una enfermedad individual, sino que la existencia de la muerte y de la enfermedad como tales son consecuencia del esta do de pecado en el que se encuentra toda la humanidad. Toda curación es una resurrección parcial, una victoria parcial de la vida sobre la muerte. Esta es la concepción cristiana. En la concepción griega, por el contrario, la enfermedad del cuerpo proviene del hecho de que el cuerpo como tal es malo y está abocado a la destrucción. Para el cristiano, una anticipación pasajera de la resurrección puede hacerse visible incluso en el cuerpo carnal.
El cuerpo no es malo, sino un don del creador, lo mismo que el alma. Por esta razón, según Pablo tenemos obligaciones con el cuerpo porque Dios es el creador de todas las cosas. La concepción judía y cristiana de la creación excluye todo dualismo griego entre cuerpo y alma. Las cosas visibles, corporales, son creaciones divinas en el mismo grado que las invisibles. Dios es el creador de mi cuerpo. Este no es una prisión para el alma sino un templo; según las palabras de Pablo (1 Cor. 6,19), es templo del Espíritu Santo. Aquí reside la diferencia fundamental. Dios también encuentra "bueno" lo corporal tras haberlo creado. El relato de Génesis lo señala expresamente. Al revés, el pecado ha herido al hombre todo entero, no solamente al cuerpo, sino también al alma, y su consecuencia, la muerte, afecta al hombre entero, cuerpo y alma, y no solamente a la humanidad sino a toda la creación. La muerte es algo espantoso, porque toda la creación visible, comprendido nuestro cuerpo, estando corrompida ahora por el pecado, es en sí algo maravilloso.
Tras la concepción pesimista de la muerte hay una concepción optimista de la creación. Por el contrario, donde la muerte es considerada como libertadora, como en el platonismo, el mundo visible no es reconocido como creación divina, y cuando los platónicos consideran el cuerpo como bello, no es considerado así por sí mismo, sino en cuanto permite transparentar algo del alma inmortal, única realidad divina verdadera. Para el cristiano el cuerpo actual no es la sombra de un cuerpo mejor, sino de un cuerpo mejor. La diferencia aquí no es, como para Platón, entre lo que es corporal y la idea inmaterial sino entre la creación presente, corrompida por el pecado, y la nueva creación liberada del pecado; entre el cuerpo corruptible y el incorruptible.
Esto nos lleva a hablar sobre la concepción del hombre, sobre la antropología. La antropología neotestamentaria no es la griega; se acerca más a la judía. Para los conceptos "cuerpo", "alma", "carne", "espíritu", por no nombrar más que éstos, los autores del Nuevo Testamento se sirven de los mismos términos que los filósofos griegos. Pero estos conceptos tiene una significación total mente distinta para ellos, y comprendemos equivocadamente el Nuevo Testamento cuando lo interpretamos según el sentido griego. Muchos de los malentendidos provienen de aquí.
No podemos ofrecer aquí una exposición detallada de la antropología bíblica. Junto a los artículos correspondientes en el diccionario Kittel, existen buenas monografías consagradas a esta cuestión. Sería preciso analizar separadamente la antropología de los diferentes autores del Antiguo Testamento. Aquí sólo podemos mencionar algunos puntos esenciales que interesan a nuestra cuestión, y debemos hacerlo de una manera más o menos esquemática sin tener en cuenta los matices que en una verdadera antropología deben ser considerados. Nos apoyamos primeramente en San Pablo, porque es el único autor donde al menos encontramos los elementos de una antropología, aunque no emplea los diferentes términos consecuentemente y con la misma significación.
El Nuevo Testamento también conocía evidentemente la distinción entre cuerpo y alma, o mejor entre hombre interior y exterior. Pero esta distinción no significa oposición, como si el hombre interior fuera naturalmente bueno y el exterior malo. Los dos son esencialmente complementarios uno del otro, ambos han sido creados buenos por Dios. El hombre interior sin el exterior no posee existencia independiente verdadera. Tiene necesidad del cuerpo. Todo lo más que puede hacer es llevar, a semejanza de los muertos del Antiguo Testamento, una existencia sombría difundida en el sheol, pero esto no es una vida verdadera. La diferencia con respecto al alma griega es evidente: ésta pervive sin el cuerpo y solamente sin el cuerpo puede alcanzar su desarrollo pleno. Nada de esto ocurre en la Biblia. El cuerpo, según la concepción cristiana tiene necesidad a su vez del hombre interior.
¿Cuál es el papel de la carne y del espíritu en la antropología cristiana? En esta cuestión sobre todo es importante que no nos lleve a confusión el uso profano de las palabras griegas, aunque se encuentren en el Nuevo Testamento en diferentes lugares y aunque en un único autor, como por ejemplo san Pablo, la terminología no sea uniforme del todo. Con esta reserva podemos decir que, según una de las significaciones paulinas, la más característica, carne y espíritu son dos poderes trascendentes activos que, desde fuera, pueden entrar en el hombre, pero que pertenecen tanto uno como otro al hombre en sí. La antropología cristiana, a diferencia de la griega, está fundada en la historia de la salvación. La "carne" es el poder del pecado que como poder de la muerte ha entrado con el pecado de Adán en el hombre entero. Atañe al cuerpo y al alma, pero de tal manera, y esto es particularmente importante, que la carne está ligada sustancialmente al cuerpo de una manera más estrecha que al hombre interior, porque tras la caída, la carne ha tomado posesión de él. El Espíritu es el antagonista de la carne, pero no como una donación antropológica; es un poder que le viene dado al hombre desde fuera. Es el poder creador de Dios, la gran fuerza vital, el elemento de resurrección, así como la carne es por el contrario, el poder de la muerte. En la antigua alianza el Espíritu sólo se manifiesta fugazmente en los profetas. Después de Cristo y por su muerte la misma muerte ha sufrido un golpe terrible, y por su resurrección este poder de vida actúa en todos los miembros de la Iglesia de Cristo. Según Hechos 2:16: "en los últimos días" el Espíritu se derramará en todos los hombres. Esta profecía de Joel se realiza en Pentecostés.
Esta fuerza creadora se apodera de todo el hombre, del interior y exterior, pero como la carne está sustancialmente unida al cuerpo en esta vida y como no domina totalmente al hombre interior, el poder de vida del Espíritu, toma posesión del hombre interior ya desde ahora de una manera tan decisiva que éste, como dice San Pablo (2 Cor. 4:16) "se renueva de día en día". También en el cuerpo se derrama el Espíritu; se da en él una cierta anticipación del fin, un retroceso momentáneo del poder mortal, en el que actúa el poder de vida del Espíritu Santo, de ahí las curaciones de enfermos entre los primeros cristianos. Sin embargo, no se trata más que de un retroceso, todavía no es una transformación definitiva del cuerpo mortal en cuerpo de resurrección. Por eso los que fueron resucitados por Jesús durante su vida, deberán volver a morir; porque no habían recibido a un cuerpo de resurrección. Esta transformación del cuerpo carnal, abocado a la corrupción, en cuerpo espiritual sólo tendrá lugar al fin de los tiempos. Entonces, el poder de resurrección, que es el Espíritu Santo, se derramará en el cuerpo totalmente transformándolo como ahora renueva, "de día en día" el hombre interior.
Es importante mostrar aquí hasta qué punto la antropología del Nuevo Testamento difiere de la griega. Cuerpo y alma son buenos en tanto que han sido creados por Dios. Son malos ambos en cuanto han caído bajo el poder de la muerte, la carne, el pecado. Sin embargo, ambos pueden y deben ser liberados por el poder de vida del Espíritu Santo. La liberación no consiste en que el alma sea liberada del cuerpo, sino en que ambos sean liberados del poder mortal de la carne.
La transformación del cuerpo carnal en cuerpo de resurrección no tendrá lugar más que en el momento en que toda la creación sea creada de nuevo por el Espíritu Santo; entonces la muerte no existirá. La sustancia del cuerpo no será ya carne, sino Espíritu. Habrá, según san Pablo, un "cuerpo espiritual". Esta resurrección del cuerpo no será más que una parte de toda la nueva creación. <>, dice 2º Pedro 3:13. La esperanza cristiana no abarca sólo mi suerte individual sino la creación entera. Toda la creación, incluso la creación visible, material, ha sido arrastrada por el pecado a la muerte. "Por tu causa": es la maldición. Esto lo podemos ver no solamente en el Génesis, sino también en Rom. 8:19 s. donde Pablo escribe que toda la creación, desde el momento presente, espera impaciente su liberación. Esta redención vendrá cuando el Espíritu Santo transforme toda la materia, la librará del poder de la carne, del aspecto corruptible. Entonces no surgirán las ideas eternas, sino los objetos concretos que renacieron en la nueva sustancia de vida incorruptible del Espíritu Santo, y entre ellos nuestro cuerpo.
Porque la resurrección del cuerpo en un nuevo acto creador que transforma el universo, no puede sobrevenir en el momento de la muerte individual de cada uno, sino al fin de los tiempos. No es un “paso" de aquí abajo al más allá, como ocurre con el alma en la creencia de la inmortalidad. La resurrección del cuerpo es un paso del siglo presente al siglo futuro. Está ligada al drama de la salvación.
A causa del pecado es necesario que este drama se desarrolle en el tiempo. Desde que el pecado es considerado como el origen del dominio de la muerte sobre la creación divina, la muerte debe ser vencida con el pecado.
No somos capaces de hacerlo por nuestras propias fuerzas, no podemos vencer el pecado siendo nosotros pecadores, enseña el Nuevo Testamento. Otro lo ha hecho por nosotros y no ha podido hacerlo más que rindiéndose al dominio de la muerte, es decir, muriendo y expiando el pecado de suerte que es vencida la muerte como salario del pecado. La fe cristiana anuncia que Jesús ha hecho esto y que resucitó en cuerpo y alma tras haber estado completa y realmente muerto. Anuncia que desde entonces actúa el poder de la resurrección, el Espíritu Santo. ¡El camino está libre! El pecado está vencido, la resurrección y la vida triunfan sobre la muerte porque la muerte no era más que la consecuencia del pecado. Dios ha realizado anticipadamente el milagro de la nueva creación que esperamos para el fin. De nuevo, ha creado la vida, como al principio. El milagro ha tenido lugar en Jesucristo. Resurrección en el sentido no solamente de un nuevo nacimiento del hombre interior lleno del Espíritu Santo, sino resurrección del cuerpo. Creación nueva de la materia, de una materia incorruptible. En ninguna parte de este mundo hay una materia de resurrección ni un cuerpo espiritual: solamente en Jesucristo.



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Sobre el autor

Agustín Burgos Baena

Máster de finanzas en dirección financiera, con especialización en análisis bursátil y banca y gestión de activos financieros. Doctorando en Administración sobre la gestión y la creación de valor en las empresas.