El Espíritu Santo

9.1 Los que duermen. Espíritu Santo y estado intermedio de los muertos Hemos llegado a nuestra última cuestión: ¿En qué momento esta transformación del cuerpo tiene lugar? Respecto a esto no puede haber duda. Todo el Nuevo Testamento responde: al fin de los tiempos, entendiéndolo verdaderamente en sentido temporal. Pero esto plantea el problema del "estado intermedio de los muertos". Ciertamente, la muerte ya ha sido vencida según 2º Timoteo 1:10 "Cristo aniquiló la muerte y sacó a luz la vida y la incorrupción". Pero la tensión temporal sobre la cual nos permitimos insistir tanto concierne precisamente a este punto: la muerte fue vencida pero no será destruida sino al fin: "el último enemigo que será vencido es la muerte" (1 Cor. 15:26). Es característico que en griego se use el mismo verbo, cuando se trata de la victoria decisiva que ha tenido lugar, y cuando se hace referencia a la victoria final por venir. También el Apocalipsis 20:14 habla de la victoria final: "la muerte fue arrojada al estanque de fuego"; y más adelante el autor del Apocalipsis continúa: "la muerte no existirá más". Esto significa que la transformación del cuerpo no ha tenido lugar inmediatamente después de cada muerte individual. Aquí sobre todo, es preciso que nos desprendamos de las concepciones griegas, si queremos comprender la doctrina neotestamentaria. En este punto, también nos desesperamos de Karl Barth cuando atribuye al apóstol Pablo la idea de que la transformación del cuerpo carnal tendría lugar para cada uno en el momento de su muerte, como si los muertos estuviesen fuera del tiempo. Según el Nuevo Testamento, están todavía en el tiempo. Sin esto, todo el problema tratado por Pablo en 1º Tes. 4:13 s. no tendría sentido. En esta carta trata el apóstol de demostrar que en el momento de retorno de Cristo, los que vivan todavía no tendrán ventaja sobre los ya muertos en Cristo. En el Apocalipsis 6:10, vemos igualmente que los muertos esperan: "¿hasta cuándo?", gritan los mártires que duermen bajo el altar. La parábola del hombre rico, donde Lázaro es llevado directamente, tras su muerte, al seno de Abraham (Lucas 16:22) y la palabra de Pablo a los Filipenses: "deseo morir y estar con Cristo" (1:23) no hablan de una http://filotecnologa.wordpress.com resurrección corporal que suceda inmediatamente a la muerte individual como se admite frecuentemente. Ni uno ni otro de esos textos hablan de la resurrección de los cuerpos. Por el contrario, sirviéndose de imágenes, hablan del estado de los que mueren en Cristo antes del fin, de este estado intermedio en el cual se encuentran lo mismo que los vivos. Todas estas imágenes no están destinadas más que a explicar una proximidad particular respecto de Dios y de Cristo, en la que se encuentran esperando el fin de los tiempos, los que mueren en la fe. Están en "el seno de Abraham", o bien (según Apocalipsis 6:9) "bajo el altar", o "con Cristo". No son más que imágenes diferentes para ilustrar la proximidad divina. Pero la imagen más corriente empleada por Pablo es "los que duermen". Que en el Nuevo Testamento se cuente con tal tiempo intermedio tanto para los muertos como para los vivos, es un hecho difícil de impugnar. Sin embargo, no encontramos aquí ninguna especulación sobre el estado de los muertos en ese tiempo intermedio. Por consiguiente, los que han muerto en Cristo participan de la tensión del tiempo intermedio. Esto no significa solamente que ellos esperan. Significa además que para ellos también la muerte y la resurrección de Jesús han sido acontecimientos decisivos. Para ellos también la pascua es el gran cambio (Mateo 27:52). La situación nueva que la pascua ha creado permite entrever al menos un nexo posible, no con la doctrina de Sócrates, sino con su actitud práctica de cara a la muerte. La muerte ha perdido su terror, su "aguijón": aunque permanece, sin embargo el último enemigo, no significa en realidad ya nada. Si la resurrección de Cristo marca el gran acontecimiento sólo para los vivos y no para los muertos. En efecto, los vivos, en tanto que miembros de la comunidad de Cristo, están desde ahora en posesión del poder de resurrección del Espíritu Santo. Es inconcebible que, según la concepción de los primeros cristianos, nada sea cambiado por Cristo para los muertos en lo que concierne al tiempo que precede al fin. Precisa mente, las imágenes de que se sirve el Nuevo Testamento para designar el estado de los que han muerto en Cristo, prueban que la resurrección de Cristo, esta anticipación del fin, produce sus efectos en este estado intermedio para los muertos y sobre todo: están junto a Cristo, dice Pablo. Pero es principalmente el pasaje 2º Cor. 5:1-10, el que nos refiere por qué los muertos también, aunque no están revestidos de un cuerpo, aunque sólo "duermen", se encuentran muy cerca de Cristo. El apóstol habla en este lugar de la angustia natural que él experimenta a la vista de la muerte que está actuando. Teme mucho lo que llama estado de "desnudez", que es el estado del alma, privada del cuerpo. Por consiguiente, esta angustia natural de cara a la muerte no ha desaparecido totalmente, incluso después de Cristo, porque la misma muerte, el último enemigo, aun habiendo sufrido una derrota decisiva, no ha desaparecido. El apóstol desearía, dice él, ser revestido del cuerpo espiritual, "por encima", sin tener que pasar por la muerte. Es decir, querría estar vivo en el momento del retorno de Cristo. Una vez más, vemos confirmado aquí lo que hemos dicho de la actitud de Jesús ante la muerte. Pero al mismo tiempo comprobamos en este pasaje (2º Cor. 5) lo que hay de radicalmente nuevo después de la resurrección de Cristo: ese mismo texto, al lado de la angustia natural producida por el estado de desnudez del alma, proclama la gran certeza de esta en lo sucesivo al lado de Cristo, sobre todo durante ese estado intermedio. ¿Por qué podría inquietarnos, entonces, el hecho de que haya un estado intermedio? La certeza de estar allí más cerca de Cristo, está fundada sobre esta otra convicción cristiana de que nuestro hombre interior ha sido tomado por el Espíritu Santo. Los vivos, estamos en posesión del Espíritu Santo tras la venida de Cristo. Si verdaderamente el Espíritu Santo habita en nosotros, ha transformado nuestro hombre interior. Ha tomado posesión de nosotros. Nosotros sabemos que el Espíritu Santo es el poder de resurrección, el poder creador de Dios; por consiguiente la muerte es impotente ante él. Por eso también ha cambiado la situación 85 http://filotecnologa.wordpress.com de los muertos desde ahora, con tal de que verdaderamente mueren en Cristo, es decir, en posesión del Espíritu Santo. La espantosa soledad y la separación de Dios creadas por la muerte, de que hemos hablado, no existe ya porque está presente el Espíritu Santo. Por eso el Nuevo Testamento señala que los muertos en Cristo están al lado de Cristo, ¡no están abandonados! Así comprendemos que Pablo, precisamente en 2 Cor. 5:1 s., donde habla de la angustia ante la desnudez en el estado intermedio, designe al Espíritu Santo como "primicias". Según el versículo 8 del mismo capítulo, los muertos parecen estar incluso más cerca de Cristo; el "sueño" parece reportarles ventaja: "preferimos habitar fuera del cuerpo y cerca del Señor". Por esta razón, el apóstol puede escribir en Filipenses 1:23 que "él desea morir" para estar cerca del Señor. Por consiguiente, el hombre sin el cuerpo carnal, si tiene al Espíritu Santo, está más cerca de Cristo que antes. Pues la carne ligada a nuestro cuerpo terrestre es un obstáculo al completo desarrollo del Espíritu Santo mientras vivimos. El muerto está libre de este obstáculo, aunque su estado sea todavía imperfecto porque no tiene el cuerpo de resurrección. Tampoco este pasaje da más precisiones que los otros sobre este estado intermedio, donde el hombre interior, despojado del cuerpo carnal, pero privado todavía del cuerpo espiritual, se encuentra sólo con el Espíritu Santo. Es suficiente que el apóstol nos asegure que en la vía de anticipación del fin, que es la nuestra después de haber recibido el Espíritu Santo, este estado intermedio nos aproxima más a la resurrección final. Se da por una parte una angustia ante el estado de desnudez y por otra la firme seguridad que este estado, que no es más que intermedio, pasajero, no nos podrá separar de Cristo (entre las fuerzas que no nos pueden separar del amor de Dios en Cristo, se designa también a la muerte, Rom. 8:38). Esta angustia y esta seguridad están unidas en el texto de 2 Cor. 5, lo cual confirma que los muertos participan también de la tensión que caracterizan el tiempo presente. Pero la seguridad predomina porque la batalla decisiva ha tenido ya lugar. La muerte ha sido vencida. El hombre interior despojado del cuerpo no está solo, no le guía más esta existencia de penumbra que era el único objeto de esperanza de los judíos y que no podía ser considerado como una "vida". El cristiano, privado del cuerpo por la muerte ha sido ya transformado durante su vida por el Espíritu Santo, y ya ha sido tomado por la resurrección (Rom. 6:3s.; Juan 3:3s.) toda vez que ha sido real mente regenerado, ya en vida, por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es un don que no se puede perder al morir. El cristiano que ha muerto tiene el Espíritu Santo aunque duerme todavía y espera siempre la resurrección del cuerpo que sólo le conferirá la plena vida verdadera. En este estado intermedio, la muerte, aun cuando exista todavía, ha perdido todo lo que tenía de terrible, porque sin la presencia de la carne el Espíritu Santo les aproxima más a Cristo, los muertos "que mueren en el Señor desde ahora" pueden ser realmente llamados bienaventurados, como escribe el autor del Apocalipsis (14:13). El grito triunfal del apóstol Pablo (1º Cor. 15:54) encuentra también su aplicación a los muertos: "¿dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?" Por eso el apóstol escribe a los romanos: "ya vivamos, ya muramos, pertenecemos al Señor" (14:8)." "Ya sea que velemos o ya que durmamos vivimos en comunión con él" (1º Tes. 5:10). Cristo es "Señor de muertos y vivos" (Rom. 14:9). Se podría plantear la cuestión de saber si, de esta manera, no nos vemos reducidos, en último análisis, a la doctrina griega de la inmortalidad del alma, y si el Nuevo Testamento no supone para el tiempo después de pascua una continuidad del "hombre interior", del cristiano convertido, antes y después de la muerte, de forma que la muerte no presenta prácticamente más que un "paso" natural. Hasta cierto punto nos acercamos a la doctrina griega en el sentido de que el hombre interior, transformado, vivificado por el Espíritu Santo ya antes (Rom. 6:3s.) continúa viviendo así transformado, al lado de Cristo en estado de sueño. Esta continuidad de la vida en espíritu es señalada particularmente en el evangelio de Juan (Juan 3:36; 4:14; 5:54 y otros). Aquí 86 http://filotecnologa.wordpress.com vislumbramos al menos cierta analogía con respecto a la inmortalidad el alma. Sin embargo la diferencia es radical: el estado de los muertos es imperfecto, de desnudez, como dice San Pablo, de sueño, en espera de la resurrección de toda la creación, de la resurrección del cuerpo; y de otro lado de la muerte queda como enemigo que, habiendo sido vencido, aún no ha sido destruido. Si los muertos, incluso en ese estado, viven ya cerca de Cristo, esto no corresponde de ningún modo a su esencia, a la naturaleza del alma, sino que es la consecuencia de una intervención divina actuando desde fuera por la muerte y la resurrección de Cristo, por el Espíritu Santo que debe haber resucitado el hombre interior por su poder milagroso ya durante la vida terrestre, antes de la muerte. Resta decir que la resurrección de los muertos es siempre objeto de espera, incluso en el cuarto evangelio. Es cierto que en lo sucesivo es una espera con la certeza de la victoria porque el Espíritu Santo habita ya en el hombre interior. Ninguna duda podría ya surgir: puesto que habita ya en nosotros, transformará un día también nuestro cuerpo. Porque el Espíritu Santo, fuerza de vida, penetra absolutamente todo, no conoce ningún limite, no se detiene. Las siguientes palabras de Pablo pueden considerarse como un verdadero resumen de la doctrina aquí expuesta: Si habita en vosotros el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos, el que resucitó de entre los muertos al Cristo Jesús dará vida también a vuestros cuerpos mortales, por su Espíritu que habita en vosotros (Rom. 8:11). Esperamos al Señor Jesucristo que transfigurará nuestro cuerpo de miseria conforme a su cuerpo de gloria (Filipenses 3:21). Nosotros esperamos y los muertos esperan. Es cierto que el ritmo del tiempo es distinto para los muertos que para los vivos, y que este tiempo intermedio puede ser abreviado para los muertos. Se nos podría reprochar el sobrecargar en esta última observación, el punto de vista de la exégesis, contra la limitación estricta a los datos del Nuevo Testamento que nos hemos impuesto hasta ahora; estamos, no obstante, convencidos de no abandonar las bases exegéticas de este trabajo, en cuanto que la expresión "dormir", que es la más corriente en el Nuevo Testamento para designar el estado intermedio, nos invita a concebir para los muertos una conciencia distinta del tiempo, la de "los que duermen". Pero esto no quiere decir que no se encuentren aún en el tiempo, lo cual confirma de nuevo que la fe del Nuevo Testamento en la resurrección es diferente de la creencia griega en la inmortalidad del alma.


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Sobre el autor

Agustín Burgos Baena

Máster de finanzas en dirección financiera, con especialización en análisis bursátil y banca y gestión de activos financieros. Doctorando en Administración sobre la gestión y la creación de valor en las empresas.