Conclusión sobre la muerte y resurrección

Conclusión

Durante sus viajes misioneros, Pablo ciertamente se ha encontrado con gentes que no podían aceptar su predicación de la resurrección por la sencilla razón de que creían en la inmortalidad del alma. Por eso los griegos del Areópago, de Atenas, se ríen de las palabras del apóstol sobre la resurrección (Hechos 17:37). Las gentes de las que Pablo dice en 1º Tes. 4:13 que "no tienen esperanza" y de las que escribe en 1 Cor. 15:12 que no creen que hay una resurrección de los muertos, no son probablemente los epicúreos, como creemos ordinariamente. Porque los que creen en la inmortalidad del alma no tienen la esperanza de la que habla Pablo, la esperanza que presupone la fe en un milagro divino, en una nueva creación. Es preciso ir más lejos y decir que los que creen en la inmortalidad del alma debieron experimentar más dificultades que los demás para aprobar y aceptar la predicación cristiana sobre la resurrección. Justino menciona hacia el año 150 a quienes "dicen que no hay resurrección de entre los muertos sino que sus almas suben al cielo en el momento mismo de la muerte". Aquí el contraste está claramente expresado.
El emperador Marco Aurelio, el filósofo que junto con Sócrates forma parte de las más nobles figuras del mundo antiguo, también ha experimentado el contraste. Sabemos que ha sentido gran desprecio hacia el cristianismo y precisamente la muerte de los mártires cristianos, en vez de merecer el respeto de este gran estoico que esperaba también la muerte con serenidad, le inspiraba por el contrario gran antipatía. La pasión con que los cristianos iban a la muerte le repugnaba. El estoico se priva de esta vida sin pasión; el mártir cristiano, por el contrario, muere con una santa pasión por causa de Cristo, porque sabe que está integrado en el gran drama de la pasión. El primer mártir cristiano, Esteban, nos de muestra cómo el que muere por Cristo remonta el horror de la muerte de una manera distinta al filósofo de la antigüedad: ve, dice el autor de los Hechos, "el cielo abierto y a Cristo de pie a la derecha del Padre" (7:55). Ve a Cristo como vencedor de la muerte. Con la certeza de que la muerte por la que debe pasar ha sido ya vencida por Cristo que ya pasó por ella, sufre la lapidación.
La respuesta a la cuestión que nos hemos planteado: inmortalidad del alma o resurrección de los muertos en el Nuevo Testamento, está clara. La doctrina del gran Sócrates, del gran Platón, es incompatible con la enseñanza del Nuevo Testamento. Que su persona, su vida y su actitud ante la muerte puede y debe ser respetada no obstante por los cristianos, lo han mostrado los apologistas cristianos del siglo II, y pensamos que se podía mostrar también inspirándose en el Nuevo Testamento. Pero ésta es otra cuestión de la que no nos vamos a ocupar aquí.



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Sobre el autor

Agustín Burgos Baena

Máster de finanzas en dirección financiera, con especialización en análisis bursátil y banca y gestión de activos financieros. Doctorando en Administración sobre la gestión y la creación de valor en las empresas.